Cuatro días de oleaje

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Nosotros beberemos la luz que se extingue sobre la pólvora; aquella liturgia tendida sobre la hoguera. Nosotros, la manada de espinas que tensa su elegía en la ciudad, beberemos el tufo salino de las avenidas, el ácido rumor de una sonrisa prohibida. Y aguardas –te digo- en mis sueños, en un cultivo de amapolas en pleno verano. Pero, la tarde nos subleva; y he oído el rumor del bosque; y he oído caer tu nombre como una catarata de balas sobre mi pecho de perro envenenado. Y he oído, tu silencio de metal. Y he oído, el siseo de tu boca al nombrar la noche. Viene el humo. Viene la noche en su alfombra roja, y toda la fatalidad de tu cuerpo, que golpea mi copa. Viene el diluvio. Este oscuro amanecer, que descansa tu espectro de diamante. Aguarda –te pido- un cajón para guardar tu cólera; aquel viejo reptil que alista la madera, para clavar todas mis palabras en tu Cristo. Adolescente –te pido- conjura mi cabeza de antílope cazado hacia ti.

Por esto, suspendido en el hangar del viento, un lobo adolescente aúlla, descuelga su magia en el alfabeto enfurecido. Por estos cuatro días de oleaje, descuelga tu clava cabeza, para descansar de la marcha y rumiar como una minúscula abeja sobre la flor de los ataúdes.