Patheltown

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Amanece en Patheltown, el brillo azul se levanta como una cortina y da paso al tenue amarillo, se irán pudriendo los colores a lo largo de este sitio.
¿Estás sentado cierto? ¿Cómo prefiere leer alguien en la mañana?, mientras el pasillo de la casa murmura el paso de nuestros cohabitantes, el alcaide de tu voz ya ha llamado a alguien, ya emitió su primera cita. Nuestra voz y nuestros ojos, son más ávidos por la mañana, claman su derecho a insertarse en el tiempo, y hoy es tiempo de qué, es tiempo de que un hombre –si es que hombre, es- nos cuente su secreto. Para leer esta historia, hay que estar de pie; o más exactamente hay que tener el alma de pie. Sí, daremos un paseo, nadie tiene por qué seguir sentado y aburrido en este paradigma de una silla.

I
Yo viví en los tiempos de Isco, Isco era un joven viciado y podrido. Un lunes tocó a mi puerta con un mapa enrollado bajo el brazo, me dijo que teníamos que viajar pronto, que nuestro verano y aquel lunes podían terminar en cualquier momento y absorbernos en su soberana inercia.
En su momento yo lo creía un compañero algo extraño, pero no dañado como descubriría que lo estaba. Tomé lo primero que encontré en mi habitación, que fueron unas zapatillas, un gorro, y una mochila con libros y un reloj; asumí que Isco quería una aventura en el fundo de su abuelo, nos habíamos pasado hablando el verano anterior sobre eso, y claro él siempre tomaría la decisión una mañana cualquiera y yo solo era su satélite, su testigo ocular continuo.
Entonces amigos, imagínense a este chiquillo siguiendo a un freak que gustaba hablar de Dylan y Bukowski, y como este último; siempre llevaba trago cerca. Nos adentramos en el fundo de su abuelo –realmente nunca entendí por qué Isco cargaba el mapa- y la idea era buscar una cabaña en lo alto de una colina que quedaba a 4 kilómetros de la casona del abuelo.

Mi padre, antes de irse a esa estúpida guerra, me dejó un mapa –tenía 8 años- nunca había entendido un mapa y no entendí del todo por qué él deseaba dejarme ese papel arrugado con imágenes y líneas. Una noche que la imbécil de mi novia me dejó caliente, con el pantalón abajo; agarré una botella de vodka de mi madre y le di curso, empecé a hurgar en mis cosas por puro juego y hallé el mapa de nuevo, lo empecé a estudiar mientras tomaba y me fumaba un porro, y entonces tuve la revelación de mi vida, tenía que recorrer los campos del fundo de mi abuelo, él siempre nos había dicho que ni él mismo conocía todos los espacios de las extensas hectáreas que poseía. Además el abuelo era un conchadesumadre, me daba dinero para la fiesta, y si estaba muy drogado siempre podía ir a su casa para la bajado, así mi madre no me gritaría la perra vida.
Tal vez ustedes no lo entiendan, pero a veces necesitas cortar la yugular del animal, para ver en sus ojos su deseo intenso de vivir. Yo quería eso, cortarme la yugular o envenenarme; como con el trago. El trago de los kiitues* era la cosa más horrible que podía uno probar, pero luego ya de varios, me sentía un dios, recorría todas mis vidas en una sola línea de conversación –si es que a ese balbucear con borrachos se le puede llamar, conversar- el tiempo era una buena broma y todos los perros que estábamos ahí éramos felices, felices de mierda tambaleándonos cada noche como una comuna de oráculos, nosotros no teníamos futuro, por lo mismo vivíamos mejor que tú, o no? Un día tomé un cuchillo y se lo clavé en la mano al borracho más horrible que vi en mi vida, lo hice por diversión y porque quería saber que se sentía. Descubrí que no era divertido, era mejor hacérmelo a mí mismo.

Cuando llegamos a la primera cabaña, tiré la mochila y le dije a Isco que ya habíamos llegado y que podíamos comer un par de naranjas que había ido recolectando en el camino. Se volteó para mirarme y me lanzó al piso con una cachetada. Perplejo, mudo; solo atiné a mirarlo con desconcierto. Abrió mi mochila, sacó una naranja y con su cuchillo empezó a pelarlo y a comer, me dijo luego que no podía ser esa choza la cabaña que estábamos buscando, que él buscaba la que estaba encima de una colina. Caí en cuenta que en ese inmenso sitio, habrían varias chocitas de ese tipo, pero que una cabaña claro debía ser diferente. Empecé a sentir temor de Isco, llevaba siempre un cuchillo en el bolsillo y tenía las reacciones más inesperadas.
¿Nos alcanzaría un lunes para llegar? Comencé a darme cuenta que Isco no tenía idea de las dimensiones o los caminos del fundo, le pregunté varias veces por el mapa y que debíamos usarlo, y él solo me miraba y me decía: Cállate y sígueme. Sería la última vez que vería a Isco, y no lo sabía.
Pasamos la noche en una de las chozas derruidas, Isco casi no durmió y se la pasó escribiendo en un cuaderno, yo pensaba que él era una clase de escritor o que quería serlo y que tal vez por eso era así de destructivo.

El perro de Paul, que me ha seguido hasta aquí, cree que lo voy a acuchillar en cualquier momento, no me conoce bien, pero me ha seguido; él es de esa clase de personas que obedecen siempre, o tal vez es más sabio, quiere algo de adrenalina y en esa familia de mierda donde vive, eso no existe.
Cuando llegue a la cabaña de mi padre, decidiré qué hacer con el resto de mi verano; sé que mi padre fue un maricón en la guerra y se hizo matar rápido, pero siempre me gustaron sus libros y las postales que guardaba, mi abuelo me dijo que él guardaba cosas en la cabaña, así que aquí estoy bajo la luna, cagándome de frio; porque aquí hay más humedad, que fuera del fundo.
Calculo que mañana llegaremos a la colina, y Paul dejará de mirarme como un perro aterrorizado y también encontrará algo mejor que contar cuando regresemos a la escuela. Sé que él no lo ha notado, pero el corte que me hice antes de venir, me está jodiendo más que las otras veces, creo que me corté más hondo, pero yo no soy marica, no me tatúo como los imbéciles del barrio, una cicatriz es más alucinante.

Cuando desperté él seguía echado, no entendía como alguien puede dormir tan relajadamente aun con las moscas pegadas al cuerpo, además eso daba mucho asco. Me levanté y fui a orinar, luego me pelé una naranja, tenía miedo de acercarme a él y que me diera otro lapo o sacara su cuchillo, así que solo le hablé fuerte, diciéndole que era hora de seguir.
Sé que ustedes no lo entienden pero fui tan idiota que pensé que él estaba esperando en silencio para darme una emboscada y lanzarme al piso, en ese momento estuve casi convencido de que iba a matarme, me acerqué –por qué lo hice cierto? si iba a matarme- y lo vi con los ojos abiertos, con sangre saliendo del costado de su pecho, me horroricé y me quedé mudo, se había matado? O alguien estaba jugando con nosotros y también me iban a matar a mí. Entré en pánico, ha pasado un año y sigo sintiendo pánico. Si un tipo como Isco con más valor que yo, se mataba; ¿qué me quedaba a mí? Mi padre me dijo: Ese chiquillo no valía nada, estaba podrido; pero mi padre está más podrido que él, se acuesta con su asistente y la acaba de embarazar y cree que no lo sé. Hay cobardías cotidianas -suena Monkey gone to heaven en la radio- y sí, mi padre es un marica, y mi madre está por debajo del suelo, y yo, yo en qué ando, no se los diré, esta es una carta para salir corriendo.
 

*Antro donde todo es permitido, y donde se encuentra el trago más barato –es decir veneno-

Entrevista a Jorge Eduardo Eielson. 1988

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Entrevista de Renato Sandoval y Hugo Salazar a Jorge Eduardo Eielson. La República, 18 de setiembre de 1988.


(...) m u e r t e ,   j u e g o  y   v a n g u a r d i a

R.S./H.S. — El elemento lúdico es también una de las constantes de tu obra. ¿Qué función le darías frente a la fuerte carga dramática que igualmente contiene tu poesía?
J.E. — En principio no creo que haya contradicción entre lo lúdico y lo dramático. Todo es y está en continuo juego. El dolor mismo es un juego trágico. Incluso hoy en día la teoría lúdica  se  ha extendido a las  ciencias matemáticas con una serie de signos y códigos interpretativos. El gran problema. de esta teoría es que tiene reglas propias, las que a su vez forman un juego. Siempre  el artista  debe romper las reglas para después plantear otras y así ad infinitum.
R.S./H.S. — ¿Y cómo ves la función de la vanguardia en el arte en general?
J.E. — Para mí simplemente la vanguardia no existe.  O en todo caso es absurda. Por ejemplo, los movimientos vanguardistas de los años sesenta decretaron, incomprensiblemente, el fin del arte,  por la sencilla  razón de que, según  su  opinión, en el mundo ya no quedaban  talentos después de lo que ellos habían hecho. Eso es totalmente falso; pues  no se  puede  decretar la muerte de algo que vivió durante  muchos siglos, desde los albores mismos de la humanidad,  solo porque ahora se les ocurrió que tenía que morir.
R.S./H.S. — ¿Pero no crees siquiera  en la vanguardia en el sentido de cambio?
J.E. — Para que haya cambios no es necesario que haya vanguardia.
R.S./H.S. — ¿Y el artista no sería aquel que abre nuevos caminos, que señala nuevas rutas?
J.E. — El camino no lo señala nadie. Las cosas están  allí desde un principio.
R.S./H.S. — Ya que hablamos de cambio, ¿no piensas  en el cambio más radical: la muerte?
J.E. — No, no pienso en la muerte; seguramente es ella la que pensará en mí.
R.S./H.S. — ¿Y nunca has pensado en el suicidio?
J.E. — No; en el suicidio como acto mecánico  en que tomas un arma y todo lo demás, en eso nunca. Pero sí puede que haya tenido una actitud más o menos autodestructiva frente a la vida por la década del cincuenta,  en los tiempos de Habitación en Roma, que me parece un libro desgarrado. Sin embargo, a la enfermedad le temo mucho más; tampoco pienso en ella, pero le temo más que a la muerte.

Comic

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