Transducción

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La habitación era un pozo y todo descendía naturalmente en él sin ningún esfuerzo, el soplido del fuego, la brizna del alba al pestañear, uno a uno, en cada pieza se iban trenzando como un largo cabello, conjugando nudo con nudo el crepitar de la respiración, hacia la quietud de la inconciencia, hacia la garganta que espera por rugir y desenvainar todos los secretos que aguardan las primeras horas del día. La habitación era un desierto sobre una pluma, un ala dejándose llevar por la gana de la palpitación de algún sujeto; la habitación era una barca disipada en altamar, que se mecía entre los muslos de una mujer delirante. De pronto el silbo de un soplo, de la mano con el velo de las seis de la mañana; traspasó la ventana hacia las sabanas de arena, levantando con tenue rugido el polvo de la piel que recubría duna a duna cada espacio de la habitación. Hacia el fuego, el sonido que divagaba y esfumaba las formas de los cuerpos, era una llamarada invisible que se asemejaba al suspiro de las olas al descender crujientes sobre la orilla. Un sonido vago, un sonido tenue se ensortijaba deslizándose por las redes, por los brazos, por las piernas descubiertas, por las ondas del soplo; y ya no se podía distinguir si era el sonido o el soplido el que desdibujaba los surcos de la arena, los surcos de colinas doradas de dos cuerpos; estos dos cuerpos que se yacían imberbes sobre polvo y roca, sobre el convulsionado juego de la brizna que rozaba sus dulces sueños como con la punta de los dedos.
Eran las siete de la mañana y ya cada objeto reflejaba las reminiscencias de la luz, las que se colaban por la puerta y la ventana hacia la opuesta dirección, e iba rebotando la luz de un extremo a otro, hasta lograr arrancar en una sacudida los nimbos obscuros y develar en carne viva la escena.

Despedazados tu cuerpo y el mío, sobre la hoja en la arena, con los sentidos que renacían desde los vellos, agitándose como los arbustos al final de una pradera, intercambiando las voces desde el ombligo hasta el interior del pecho que regurgita y patea, desesperados por gritar el amor que claman las venas, por sellarnos en cada agujero del cuerpo por siempre. Pero los huesos nos sobran, las carnes solo se rozan, se tocan y se funde la materia en el éxtasis de entrar y salir por la boca, entrar y salir, volver a salir, quedarse sin cuerpo abrazado al vaivén del placer; adentro, tan fundidamente adentro a pedacitos…

Honestidad

23:02 Edit This 1 Comment »

...las palabras entre detritos y desechos se apilaban,
rondaban,
daban vuelta por los círculos de plomo
y cada uno seguía con su vida

bajo el penacho y la distancia
colgado así, de hombro solo
la verdad rascaba la pared de su celda...